Cinco cosas que haría (o no) para promocionar un libro

Después de transcurrido un tiempo considerable desde la publicación de Todas son buenas chicas, creo que estoy en condiciones de discernir qué cosas no haría para promocionar un libro. Para ser honesto, los únicos parámetros de comparación que tengo para evaluar la marcha del libro son las experiencias de mis colegas, y que me indican que estoy por el buen camino, ya sea por los ejemplares vendidos como por el reconocimiento que estoy notando. (más…)

Cómo escribí «¿Y usted le cree al Cacas?»

La escritura automática es esa que se realiza con el único objetivo de «quenosemevayalaidea»,  sin prestar atención a los aspectos técnicos, y nunca, o casi nunca, arroja un texto definitivo. El octavo relato de Todas son buenas chicas, «¿Y usted le cree al Cacas?, no fue la excepción.

La esencia del placer de escribir habita en la escritura automática, ese momento que nos aparta de la realidad cotidiana y nos sumerge en nuestro mundo ficcional. El trabajo duro, y veces hasta doloroso, es el de la revisión. Incluso, uno de los rasgos de madurez de un escritor es el tiempo que invierte en el trabajo de revisión, porque requiere mucha objetividad y nada de autocomplacencia.

En 1933, F. Scott Fitzgerald, publicó un artículo en el Saturday Evening Post, en el cual destacaba la importancia de la objetividad respecto a nuestro propio texto: (más…)

La trama y la vivencia del lector

En mi artículo anterior, Tema, argumento y trama, desarrollé una introducción muy breve sobre la forma de planificar la escritura de una historia y, a continuación, me centré el objetivo del artículo.

Es realmente curioso que todos los comentarios que recibí, en el blog antiguo y en las redes sociales, se centraran en el asunto de la introducción. Ninguno hizo referencia al tema principal. Es posible que el artículo estuviese mal enfocado, pero lo cierto es que, tanto en los talleres que imparto como en la lectura de narraciones de escritores en fase de formación, los principales defectos que advierto es la falta de objetivación del tema, escrituras que se limitan a explicar el argumento y tramas escasamente desarrolladas.

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Cómo escribí «Vale, Paula»

La primera tesis de Ricardo Piglia, en su «Tesis sobre el cuento», es que «un cuento siempre cuenta dos historias». Luego, en la segunda, dice que «el arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia dos en los intersticios de la historia uno», y agrega que la historia profunda emerge en el desenlace.

También está la Teoría del iceberg de Ernest Hemingway, en la cual el autor de El viejo y el mar dice algo así como que lo que sostiene la historia es lo que «no se dice». ¿Cuántas veces habéis escuchado o leído que en narrativa es tan importante lo que se dice como lo que no se dice? Si quieres saber sobre esto, podéis leer mi artículo en la web de Victor Selles. (más…)

Tema, argumento y trama

Un escritor puede comenzar a escribir una historia (cuento o novela) de muchas maneras. La primera es dejarse llevar por la propia historia, sin planificación y con la única ayuda de una brújula interna que, parafraseando a Stendhal, empuja las ideas. La segunda es planificar todo concienzudamente, y aferrarse a esa guía. La tercera, cuarta, quinta… son las infinitas combinaciones posibles de ambas, es decir, planificando pero con cierto margen de flexibilidad, como lo hacen la mayoría de los escritores. (más…)

Cómo escribí ¿Por qué ha dicho eso?

Como cualquier relato, «¿Por qué ha dicho eso?» también es un edificio sustentado por cuatro columnas: narrador, espacio, tiempo y personajes. Si alguna de ellas falla, toda la estructura se debilita.

Ya he hablado, en este blog, de la trascendencia del narrador, las funciones del espacio, y de la vitalidad que deben transmitir los personajes. De las coordenadas temporales me ocuparé en breve.

En el cuento, por su brevedad, los personajes deben construirse con precisión y concisión, por lo cual es imperioso aprovechar todos los elementos y recursos narrativos disponibles. Por ejemplo: el cajón del escritorio de una persona es un cuadro autobiográfico, del mismo modo que su forma de vestir y hablar. Integrar diálogos y escenarios es esencial para el escritor de cuentos, si se pretende crear personajes vivos.

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Cómo escribí «Que no, papá»

Hay cosas que las sabe todo el mundo, que pertenecen al inconsciente colectivo. Por ejemplo, quién no sabe que las praderas son verdes, que las celdas de las cárceles son lúgubres, que el calor es abrasador, que hay minutos que se hacen eternos, que hay personas que tienen un carácter peculiar, que las cenas son opíparas, y no quiero seguir porque sería tan aburrido como lo es para los lectores ―y me incluyo― que nos cuenten esas cosas que ya sabemos. (más…)

Cómo escribí «La noche del pollo frito»

Hablar de la importancia que le atribuyo a los diálogos (discurso del personaje) y al espacio (escenario), sería repetirme como el ajo. Ambos recursos trabajan en dos planos. Por un lado, son dos potentes herramientas para la construcción del personaje y, por el otro, contribuyen a mantener vivo el rastro emocional de la historia. En cuanto al espacio, sobre todo si jugamos con elementos cotidianos, el escritor debe contemplarlo con sentimiento de extranjería. Con el diálogo, el personaje se muestra a través de su propia voz. (más…)

Cómo escribí «Estaríamos mejor»

Yo veo la poética como la expresión literaria más realista. Uno lee una poesía y allí está la intimidad del autor en su estado primigenio; sus anhelos, su ser y estar en el mundo. Es mi perspectiva personal, o mejor dicho, un sentir personal sin pretensiones axiomáticas.

Pero, ¿qué pasa con los narradores? En principio, pareciera que escribimos ficciones, historias inventadas, incluso fantásticas, y, sin embargo, todas llevan el perfume del autor.

Cómo escribí «Lirios amarillos»

A menudo tengo la sensación ―y es solo una percepción personal― de que cuando escucho a los lectores opinar que tal relato tiene buen ritmo, se refieren a que su lectura es ágil, o a que avanza con rapidez. Sin embargo, hay historias que exigen cierta morosidad. Es comprensible que algunos escritores, sobre todo al principio del camino, piensen que el aburrimiento del lector se evita con narraciones ágiles, incluso trepidantes. Del mismo modo, es indiscutible que las posibilidades de que un lector se nos duerma con una historia ―o un pasaje de la historia― son mayores en discursos con cierto grado de lentitud, que en aquellos que mantienen un ritmo más ágil. Ese fue uno de los desafíos que tuve que asumir con el segundo relato de Todas son buenas chicas. (más…)