Archivos por Etiqueta: Emociones y literatura

Mostrar, no explicar: Qué es y tres métodos para conseguirlo

Mostrar, no explicar. No conozco autor que no asuma dogmáticamente este axioma de la teoría literaria que comenzó a cobrar fuerzas a principios del siglo XX, aunque sus primeros vestigios los encontramos en torno a 1850 con Flaubert y sus esfuerzos por desterrar la voz autorial de las obras narrativas.

La esencia de mostrar, no explicar es la «escenificación». Percy Lubbock (1921) lo define así:

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Las emociones en la literatura

Puede parecer extraño que en el blog de un escritor una de sus etiquetas destacadas sea emociones. Sin embargo, una de mis inquietudes que me ha deparado este oficio es cómo funcionan las emociones en la literatura. Mi frase «En un buen libro, importan más las emociones del lector que las explicaciones del autor», resume mi inquietud literaria respecto al tema, y a la vez justifica muchos rasgos de mi estilo.

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La creación literaria y el lector

Estaba preparando una entrada basada en una frase de Gardner Botsford, que fue, durante 40 años, editor de la revista The New Yorker. Pero esta mañana surgió un debate, en mi muro de Facebook, que considero interesante exponerlo a quienes deseen dejar su opinión.

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Los tipos de narrador y las emociones del lector


Uno de los elementos de la estructura narrativa a los que menos atención se suele prestar es al narrador. Sin embargo, en la elección de quién va a contar la historia se pone en juego el éxito de la obra. ¿Por qué? Veamos qué escribió al respecto David Lodge en El arte de la ficción:

Puede afirmarse que elegir el o los puntos de vista desde el cual o los cuales va a contarse la historia es la decisión más importante que el novelista debe tomar, pues influye enormemente sobre la reacción, tanto emocional como moral, de los lectores frente a los personajes ficticios y a sus acciones.

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La página en blanco, el extrañamiento y la creatividad

Entre mis creencias, tengo la de que el síndrome de la página en blanco, o la falta de inspiración, en realidad no significa que no hay nada que decir y, por tanto, que no hay nada que escribir. Todos tenemos algo que decir, pero a veces no sabemos cómo canalizarlo para llenar esa página en blanco o, dicho de otro modo, no sabemos ir en busca de la historia adecuada. Sin ser un erudito, tengo también la convicción de que el problema está en la capacidad de extrañamiento, en deshacernos del automatismo de nuestra mirada sobre el entorno cotidiano.

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