Cómo escribí “La noche del pollo frito”

Hablar de la importancia que le atribuyo a los diálogos (discurso del personaje) y al espacio (escenario), sería repetirme como el ajo. Ambos recursos trabajan en dos planos. Por un lado, son dos potentes herramientas para la construcción del personaje y, por el otro, contribuyen a mantener vivo el rastro emocional de la historia. En cuanto al espacio, sobre todo si jugamos con elementos cotidianos, el escritor debe contemplarlo con sentimiento de extranjería. Con el diálogo, el personaje se muestra a través de su propia voz. (más…)

Cómo escribí “Estaríamos mejor”

Yo veo la poética como la expresión literaria más realista. Uno lee una poesía y allí está la intimidad del autor en su estado primigenio; sus anhelos, su ser y estar en el mundo. Es mi perspectiva personal, o mejor dicho, un sentir personal sin pretensiones axiomáticas.

Pero, ¿qué pasa con los narradores? En principio, pareciera que escribimos ficciones, historias inventadas, incluso fantásticas, y, sin embargo, todas llevan el perfume del autor.

Cómo escribí “Lirios amarillos”

A menudo tengo la sensación ―y es solo una percepción personal― de que cuando escucho a los lectores opinar que tal relato tiene buen ritmo, se refieren a que su lectura es ágil, o a que avanza con rapidez. Sin embargo, hay historias que exigen cierta morosidad. Es comprensible que algunos escritores, sobre todo al principio del camino, piensen que el aburrimiento del lector se evita con narraciones ágiles, incluso trepidantes. Del mismo modo, es indiscutible que las posibilidades de que un lector se nos duerma con una historia ―o un pasaje de la historia― son mayores en discursos con cierto grado de lentitud, que en aquellos que mantienen un ritmo más ágil. Ese fue uno de los desafíos que tuve que asumir con el segundo relato de Todas son buenas chicas. (más…)

Cómo escribí “Una buena chica”

Las historias suelen perseguirme bastante tiempo antes de transformarse en relatos. Solo cuando se convierten en evidencias tan insoportables que no me dejan ni de noche ni día, las escribo. Es como un estado de preñez literaria. Ahora mismo tengo una en la cabeza, pero todavía no sé, con certeza, por qué ese hombre mayor va en ese tren de alta velocidad, enciende un puro y discute con la revisora sobre la interpretación semiótica del cartel de prohibido fumar. Pero, poco a poco, se va desvelando el misterio (a base de interrogar al anciano, que aún ni nombre tiene), y ya presiento la inquietud de mi lápiz y mi libreta. Los haré esperar un poco más. (más…)

Los dos planos narrativos: el fondo y la forma

Todos los que escribimos, o casi todos, sabemos o intuimos qué es el ritmo en un texto literario, sea poético o narrativo. Sabemos, por ejemplo, que en el ritmo influyen la longitud de las frases y los párrafos, las rimas internas, la concisión, la naturalidad, la coordinación, subordinación y yuxtaposición de las oraciones y, muy importante, los tiempos y conjugaciones verbales. Hablar de ritmo es hablar de la agilidad o morosidad con que avanza la historia, y que debe ajustarse a las necesidades del tema y los distintos momentos de la trama. (más…)

Mostrar, no explicar: Hacerse la película

«El canario», de Katherine Mansfield, comienza así:

«¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: “Antes allí debía de colgar una jaula”. Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo(más…)

Los tipos de narrador: ¿Quién cuenta la historia?

He leído muchos relatos cuyos argumentos eran fantásticos pero en el cual el narrador elegido sepultaba la historia. Lo primero que debemos tener claro es que el narrador no somos nosotros, los autores, sino un filtro, un personaje intermediario al cual dotaremos del grado de omnisciencia y de la posición, respecto a la historia, que más nos convenga. Lo segundo es que la clasificación y definición de los tipos narrador es un cuadro estático inútil para abarcar la complejidad técnica y los grados y combinaciones posibles. Incluso, dentro de un mismo relato (cuento o novela), pueden coexistir diversos narradores, lo cual permite ofrecer una visión más amplia de la historia, a condición de que seamos lo suficientemente hábiles como para no confundir al lector. Hay que tener en cuenta que una misma situación, un mismo escenario, tendrá tantas perspectivas como personajes. Si no, probad preguntar a la primera pareja casada que veáis. (más…)

Clarice Lispector y la palabra como carnada

Hoy quiero volver sobre una frase de Clarice Lispector, extraída de Notas sobre el arte de escribir:

«Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.» (más…)

El extrañamiento y el entorno narrativo

Podemos escribir:

«Juan era pobre y muy trabajador.»

Y podemos escribir:

«Juan vivía en una chabola de chapas en un conglomerado marginal de las afueras de la ciudad y, desde los diez años, doblaba la espalda, de sol a sol, en los arrozales para llevar un magro jornal a su familia.» (más…)

Diálogos, madame Bovary y la cola de la panadería

No es que nos vayamos a encontrar a Madame Bovary en la cola de la panadería, ni a Anna Karenina en el salón de belleza, ni a Sherlock Holmes investigando el robo de la joyería de nuestro pueblo; pero, ¿cómo es que esos seres incorpóreos, simples entes de tinta y papel, han supervivido a sus autores? Si le preguntásemos a cualquier persona sobre Sherlock Holmes, es probable que nos diga que fue un personaje que era investigador o detective, que fumaba en pipa y que tenía al Dr. Watson de colaborador. Sin embargo, si le preguntásemos quién es su autor, no es improbable que lo ignore. (más…)