Un relato dedicado a don Américo Calí: capitán de ruiseñores

Conocí a don Américo Calí la tarde de un miércoles de mediados de 1978.

Dos años antes de aquel día, leí por primera vez «El milagro secreto», un cuento de Jorge Luis Borges, incluido en Ficciones, y al día siguiente, con catorce años, hice dos cosas: escribí mi primer relato, y comencé mis incursiones semanales por Chimirka, una librería de usados de la calle Garibaldi casi esquina San Juan, en la lejana provincia de Mendoza, Argentina.

Empecé a dedicarle más tiempo a la escritura y a la lectura que al instituto, al punto que, sumado a otras razones familiares, repetí cuarto año. Pero fue justamente ese año, el que repetí, cuando en una de sus clases, la profesora de Lengua y Literatura Española solicitó una redacción sobre un tema del cual ya ni me acuerdo. Como era muy vago, decidí llevarle uno de mis cuentos, que no tenía ninguna relación con el tema propuesto, y «si cuela, cuela». Del cuento sí me acuerdo, era «El farsante de Balvanera».

Néstor Belda │ Escritor
Librería Chimirka

Los miércoles por la tarde

A la semana siguiente, la profesora devolvió las redacciones, y dejó la mía para el final. Me preguntó si eso lo había escrito yo. Luego de que yo le jurara y perjurara (por añadir fuerza al juramento, según la RAE), me preguntó si tenía más. Sí, profesora, muchos más. Me dijo que quería verlos, y que hasta entonces dejaría pendiente la calificación. Al otro día, le entregué todas mis libretas.Una semana después me hizo llamar para que fuese a la sala de profesores. Allí me esperaba junto a otra profesora, que resultó ser Silvia Calí, la hija de don Américo. Silvia me dijo que había leído los cuentos y que le había pedido a su padre que me recibiera en su despacho. Lo que ocurrió en ese primer encuentro está narrado en el relato con el cual cierro esta entrada.Le debo mucho a Don Américo, no solo en el plano literario. Lamentablemente, falleció en el año 1982, cuando volví del servicio militar para retomar el proyecto de colección que quería que me publicase su editor. Él mismo corrigió, mecanografió y envió «El cuchillo de plata» a un concurso (creo que de la biblioteca Cornelio Saavedra) y que obtuvo el tercer premio.Fueron tres años de «miércoles por la tarde» y cafecitos en el bar de San Juan y Leandro Alem, y que yo esperaba con entusiasmo infatigable. Mi libro de cuentos Todas son buenas chicas está dedicado a la memoria don Américo Cali.

Y ahora, el relato.

Nos gustaba contar historias

Don Américo Calí │ Néstor BeldaA don Américo Calí

Me gustaba contar historias.

En mi adolescencia, escribía cuentos, contaba historias. Cada noche, al llegar de la escuela nocturna, con lápiz y goma de borrar, escribía, releía, borraba y reescribía mis relatos trasnochados en un cuaderno de dudosa calidad. No contaba con un espacio bucólico o inspirador, como esos que se ven en las películas. Escribía en la cocina de una humilde casa que hubo que derribar luego del terremoto del veintiséis de enero de 1985.

A finales 1978, tuve la fortuna de conocer a don Américo Calí (1910-1982), que accedió a echarle un vistazo a mis manuscritos gracias a la mediación de su hija Silvia, profesora de la escuela donde cursaba mis estudios secundarios. En su despacho, rebosante de literatura, se convirtió en mi mentor. Conservo en mi memoria la imagen de don Américo detrás de su escritorio, con los ojos entornados y su mano derecha en la frente, escuchando con atención mis relatos.

En nuestro primer encuentro, me advirtió, con trazas de sentencia:

―Jovencito, he aceptado atenderlo porque me lo ha pedido mi hija. Estoy cansado de escuchar a jóvenes con pretensiones de escritor que solo escriben paparruchas. Así que, hágame el favor, elija su mejor relato y léalo.

Mi estremecimiento superó a mi ímpetu: llevaba conmigo más de veinte cuentos seleccionados para don Américo, pero solo leería uno. En aquellos años, intentaba buscar mi camino en un entorno familiar desfavorable y mi elección suponía enfrentarme a mis peores temores: la vergüenza, la frustración y mi futuro en el mundo de las letras. Pasaron muchos años para comprender que nada dependía de eso.

Desordenadamente, revisé todos mis títulos mientras escudriñaba en mi mente el estilo de historia que agradaría a don Américo. Al fin, me decidí por uno: El cuchillo de plata, un cuento situado en el ámbito gauchesco de la pampa argentina, crónica de la tortuosa vida de un gaucho en busca de venganza por el asesinato de su familia. Un relato costumbrista de perfil psicológico.

Cuando terminé la lectura, don Américo me pidió el manuscrito. Lo leyó y luego dijo:

―Tenemos que pulir varios aspectos, pero la historia y el estilo son muy buenos.

A partir de ese día, y durante aproximadamente tres años, disfruté de su sabiduría y de su consejo. El maestro no solo me prodigó sus conocimientos. Me brindó su amistad y afecto y se preocupó por fortalecer mi autoestima y mi crecimiento personal. Dejé en sus manos todos mis manuscritos. Su plan era seleccionarlos, corregirlos y publicarlos.

De su mano, tuve el placer de compartir un café con don Luis Ricardo Casnatti, quien, pocas fechas antes, había obtenido el Primer Premio Publicación Emecé de 1980 por Historias de mi sangre. Don Américo Cali me presentó como una promesa de la literatura.

En 1981, con dieciocho años, fui convocado a cumplir con el servicio militar obligatorio hasta el veinte de marzo del año siguiente, unas semanas antes del inicio de la guerra de las Malvinas. Luego de unos meses de readaptación a la vida civil ―retomar los estudios y buscar trabajo―, a principios de julio, fui a visitar a don Américo. En la puerta de su casa de la avenida Leandro Alem, me recibió Silvia. Su padre había fallecido el veintidós de junio. Su rostro era la congoja, y no me pareció adecuado reclamar los manuscritos. Y nunca lo hice.

Han transcurrido treinta años desde entonces, los recuerdos comienzan a prescindir de la exactitud los hechos, solo quedan las emociones. Es como si mis fotografías del pasado se fueran decolorando, hacinándose frente al portón del olvido. Ya no hay cuadernos de dudosa calidad y, del recuerdo de don Américo perduran imágenes fragmentadas y emociones intactas.

En la intimidad de mi ser, como en un espejo de mi adolescencia, veo reflejado a aquel joven escritor de los años setenta, sentado frente a don Américo, y que todos los días me susurra:

―Acuérdate… nos gusta contar historias.

Enlaces para saber más de don Américo Calí

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