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6 reflexiones para entender tus herramientas de escritor

Herramientas de escritor. Cuando pienso en ellas, imagino donuts.

Vivo en un pueblo pequeño de la costa mediterránea. Hay varias panaderías; dos de ellas hacen unos donuts que, puestos uno al lado del otro, son idénticos. Pero no saben igual. De hecho, mi familia siempre me recuerda que compre «los de la Moni». Con toda seguridad, en ello influirá la calidad de los ingredientes, la forma de mezclarlos, el modo de amasar, el leudado, el tiempo y la temperatura del horneado, la experiencia y, lo más importante, el toque personal del pastelero.

Pero ¿qué tienen en común la pastelería y la literatura? Lo mismo que todas las artes y oficios: utilizan recursos físicos –espacio y elementos de trabajo–, recursos técnicos, materia prima y una herramienta que a los escritores nos agobia: la creatividad.

Mi padre era mecánico. Un día me enseñó que una tuerca no solo se podía sacar con una herramienta específica. También se podía con un destornillador de punta plana y un martillo, si se sabía en qué posición poner el destornillador y cómo golpearlo con el martillo.

Las herramientas de escritor, como las de todos los oficios, hay que saber utilizarlas y, para ello, primero hay que entenderlas.

Las palabras

Alguna vez he escuchado que para escribir literatura solo necesitamos escribir e inspiración. Pero es que cuando me ducho y cojo el champú, veo palabras. Si voy por la calle, veo palabras. Si voy al bar, escucho y pronuncio palabras. Las palabras dominan el planeta. Todo el mundo las escucha, las pronuncia, las escribe y las lee. Convivimos con las palabras. Ahora, ¿de verdad que para escribir literatura, con esa materia prima tan cotidiana, solo necesitamos escribir e inspiración?

Una palabra no es más que una abstracción, un símbolo –significante– de algo, y que asociada a otras conforman el lenguaje, una convención de los seres humanos para comunicarnos y cuya estructura y simbolismos damos por sentada. Si yo ahora digo que voy a contar una historia sobre un elefante, el cerebro conecta significado y significante, sin más problemas, y ya está todo dispuesto para escuchar un relato, por ejemplo, de la selva. Pero resulta que si a continuación digo: «Eran las cuatro de la mañana cuando me paró un elefante policía y me pidió la documentación», el cerebro enciende la luz roja. ¿Qué ocurrió? Que el significante –elefante– no concuerda con el significado, no cumple con la función convenida dentro del lenguaje; nuestro cerebro reacciona y nos exige saber más.

Cada palabra ocupa un sitio en un universo que le es propio y que comparte con otras a las cuales se va asociando por medio del lenguaje.  Por ejemplo: silla, mesa, bar, comida, hambre, camarero, bocadillo. Pero ¿qué ocurre con misil y armario, como en la metáfora de la canción de Soda Estéreo (Un misil en mi placard)?

Lo que debes plantearte como escritor es que tu materia prima –las palabras– es la misma para todos los autores. De hecho, todas están almacenadas dentro de un diccionario, el mismo de donde salieron las obras de los escritores que admiras. ¿Por qué, entonces, hay escritores brillantes y otros mediocres? ¿Es, acaso, una cuestión de talento innato? Gustave Flaubert no tenía talento literario, solo hay que leer Cartas a Colet para comprobarlo. Sin embargo…

La palabra es una de tus herramientas de escritor. Jamás debe ser un fin en sí misma. Después de todo, cuando el lector cierre tu libro, quizá recuerde algunas palabras. En cambio, lo que permanecerá, nítida e inalterable, es la experiencia emocional.

La palabra es una de tus herramientas de escritor. Jamás debe ser un fin en sí misma. Clic para tuitear

Las técnicas literarias y los dos cerebros

La esencia del placer de escribir habita en la escritura automática, en jugar con las palabras, en crear historias imposibles, en la inmersión en nuestro mundo ficcional. El resto es trabajo, puro y duro. ¿Alguna vez te has detenido a pensar que para un niño el juego es cosa seria? Friedrich Wilhelm Nietzsche dijo que «La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño». Recuerda esta frase porque es el alma del proceso creativo, en el cual interviene el cerebro más descerebrado, más lúdico, el único capaz de imaginar una historia con una tijera, siete orcos y un cenicero. “Déjate llevar por el niño que fuiste“, dijo José Saramago.

La esencia del placer de escribir habita en la escritura automática, el resto es trabajo duro. Clic para tuitear

Es una gloria cuando, al primer intento, conseguimos una frase o un párrafo impecable, pero uno de los rasgos de madurez de un escritor es el tiempo que invierte en el trabajo de revisión. Nada es gratis. Convéncete. Si quieres que tu oficio sea el de escritor, debes asumir que cada minuto del placer que te provoca escribir tiene un precio: el trabajo de corregir. Las técnicas literarias forman parte de ese proceso de corrección (nunca de la escritura automática), y por eso están a cargo del otro cerebro, el lógico y racional. El mecánico, el que maneja las herramientas de escritor. Ese que, si le prestáramos atención mientras escribimos, no pararía de darnos la vara: Oye, tú, sí, tú, que es imposible asociar una tijera, siete orcos y un cenicero, son universos conceptuales incompatibles. No lo escuches. Métele un somnífero en la sopa.

Olvídate de las técnicas narrativas durante el proceso de escritura automática. Solo escribe, disfruta y, cuando acabes tu sesión de placer literario, entonces sí, despierta al mecánico y lo pones a analizar lo que has escrito, a la luz de las técnicas literarias.

El estilo literario no se compra

Cada ser humano, su forma de ser y estar en este mundo, es irrepetible. Por ello, en el plano artístico –no ocurre lo mismo en las ciencias–, cada obra lleva el sello peculiar de su autor. La forma de ver el mundo de cada artista, sus andamiaje emocional y las creencias definen su estilo literario, único, irrepetible e intransferible. No importa lo impersonal que nos propongamos hacer nuestro texto, los jirones de nuestro ser estarán en él como un sello indeleble.

Ernesto Sábato, en Diálogos. Borges – Sábato,  dice que «El estilo es típico del arte, es la manera personal de ver la realidad». Justamente, la búsqueda de ese estilo propio es una de las mayores dificultades a la cual nos enfrentamos los escritores. Es inevitable que pasemos por la etapa la patata y creamos que «escribir muy bien» es utilizar un estilo refinado, que prioriza la estética de las palabras sobre lo que realmente importa: la historia. Incluso, es normal que al principio asimilemos la forma de escribir de nuestros ídolos. Se llama plagio creativo.

A los catorce años, cuando empecé a leer a J. L. Borges (sin entender mucho, está claro), llené folios y más folios con historias muy borgianas. Luego conocí a Horacio Quiroga, Poe, Salinger, Carver, Chejov… Con el paso del tiempo, advertí que solo imitaba –mal y artificiosamente– el lenguaje literario de mis autores preferidos. Pero solo imitaba el esqueleto porque la carne, la musculatura que da cuerpo a sus obras –la pericia técnica y la particular visión del mundo–, eran inimitables. Fue parte del aprendizaje.

Cuando tenía dieciséis años, presenté a Don Américo Calí, mi maestro y mentor, mi cuento El cuchillo de plata, muy pulido al mejor estilo borgiano. Me miró y me dijo: «Muy bien. Excelente cuento. Ahora, escríbelo tú.». Lo hice y obtuvo el segundo premio de la Biblioteca Cervantes de Buenos Aires.

Para encontrar tu estilo no te ocultes detrás de palabras que no son tuyas. Debes defenderte con las herramientas de escritor que tengas. Poco a poco, tu caja se irá enriqueciendo con otras «palabras y recursos» que adquirirás en tu camino de contar historias. Por cierto, no te impacientes, jamás un escritor ha visto un cartel que diga: «Aquí acaba tu aprendizaje».

Las temáticas

Las fuentes de inspiración son inagotables, y las temáticas infinitas. Eso dicen. Tomemos por caso el amor. Ya lo sé, no pongas esa cara. Justo el amor no es un tema original; por el contrario, es el más tratado en la historia de la literatura. Solo Corin Tellado ha publicado alrededor de cuatro mil obras del género rosa; aun así, se siguen publicando historias y poemas de amor, sin hablar del cine, las series televisivas o las canciones. Es tan habitual que hasta en las guerras enferméricas entre cuerniorcos y jirafontes aparezca una historia de amor. Entonces, ¿por qué un tema tan trillado sigue siendo tan recurrido y leído?

Nunca renuncies a un tema que te escuece, que te está perforando el duodeno porque «otros lo hayan tocado». La originalidad no está el tema, sino en tu propia visión.

Espacio de trabajo: la frontera entre lo real y lo imaginario

Néstor Belda │ Escritura Creativa: Herramientas de escritor

En Something’s gotta give, Diane Keaton encarna a Erica Barry, una famosa escritora que reúne todos los requisitos con los cuales la gente de andar por casa identifica a los escritores: una casa frente a la mar, aislada del mundo, largos paseos por la playa, escritorio aseadísimo. Si vieran el mío… Libros, lápices, pósits en la pared con reglas gramaticales y algunas recomendaciones de mis autores preferidos, tres o cuatro libretas de apuntes y planificaciones de cuentos y personajes, entre otras cosas. Un caos, a primera vista. Pero es MI caos, un universo impenetrable para el resto de la humanidad, por el cual yo navego sin sobresaltos.

El problema es que no todos contamos con el ambiente ideal para escribir y tenemos que apañarnos lo mejor posible. Yo he ido evolucionado. Ahora tengo un sitio que he arreglado a mi gusto. Es mi templo, excepto unas dos o tres horas de los martes, el día que toca planchado. Igualito que Erica Barry. Lo importante es que encuentres el sitio donde puedas situarte en esa frontera entre lo real y lo imaginario, lejos lejísimo de los asuntos cotidianos.

Que yo recuerde, empecé a escribir a los catorce años, y mi sitio especial era la cocina, bastante humilde, de la casa de mis padres. Mi horario no era cualquiera porque no quería que me viera mi madre; en una familia como la mía, querer ser escritor era una tontería. Entonces, el horario ideal era poco después de medianoche, cuando llegaba de la escuela secundaria (por el día trabajaba en un hotel). Cenaba rápidamente lo que mi madre me había dejado, disponía sobre la mesa un diccionario de sinónimos, dos tomos del enciclopédico Codex, mi libreta, un lápiz, una goma de borrar y un sacapuntas. Todos dormían, así que la casa permanecía en silencio. Ideal. En cuanto apoyaba el lápiz en el papel, comenzaba a cabalgar con mi personaje por las llanuras pampeanas, en busca del asesino de su familia, o contemplaba la barra del bar donde mi falso compadrito del barrio Balvanera ocultaba su cobardía. Aunque suponga una exageración,  esos momentos conservaban la magia de los juegos infantiles, y la frase de José Saramago cobra más sentido aún: «Déjate llevar por el niño que fuiste».

En la mesa de esa cocina viví tantas vidas y escribí tanto, que repetí cuarto año. Normal, no estudiaba. Mis pocas horas libres eran para leer o escribir. En la esencia del sitio que elijamos para escribir es una frontera entre la vida cotidiana y la de nuestras historias.

Búscate un sitio que sientas tuyo, arréglalo con tus cosas. No importa si es pequeñito, la inmensidad la vivirás con tu escritura. Construye tu templo.

Búscate un sitio que sientas tuyo. No importa si es pequeño, lo inmenso será tu escritura. Clic para tuitear

Material de consulta

En la mesa de trabajo de un escritor no debe faltar un diccionario de la Real Academia Española, un diccionario de sinónimos y antónimos, y un buen diccionario de usos.

Recuerda que, para el escritor, los sinónimos no existen. Cuando busques un sinónimo, antes de decidir cuál utilizar, consulta el significado y verifica que se ajusta a las necesidades del texto. Por eso de la «precisión». Es que «ascender» no es exactamente lo mismo que «subir».

Las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación) son herramientas poderosas a nuestra disposición. Si un día nos asalta la duda sobre si «solo» lleva tilde diacrítica, basta con escribir «solo o sólo» en un buscador y obtendrás toda la información necesaria.

Hace unos años escribí un cuento sobre la explotación infantil que se desarrollaba en varios países: Burkina Faso, Costa de Marfil, India, Francia, España y Argentina. No tengo la disponibilidad para pasarme una temporada recorriendo esos territorios, pero en Internet encontré toda la información necesaria, desde detalles como los horarios de autobús entre un pueblo y otro de Burkina Faso hasta hemerotecas de periódicos de todo el mundo. Incluso, pude ponerme en contacto con una ONG que me aclaró muchos aspectos.

A continuación detallo algunas de las web que deberían estar en la barra de marcadores (o favoritos, según el navegador):

DRAE – Dicionario de la Lengua Española

WordReference.com – Diccionario de sinónimos y antónimos

Diccionario de sinónimos

Fundéu, buscador urgente de dudas

Ortografía de la lengua española (2010)

Traductor de idiomas

Blog de la Lengua Española

Biblioteca Virtual de Prensa Histórica – Ministerio de Educación, Cultura y Deporte

La protección de nuestras obras. Por un lado, debemos salvaguardar nuestros textos de cualquier fallo técnico del ordenador. No es extraño que un corte de luz nos arruine el disco duro y perdamos toda la información. Puedes imprimirla, pero también puedes alojarla un servidor –o nube– en línea. Los siguientes son gratuitos y fiables:

Dropbox         One Drive       Google Drive

El otro aspecto es la protección de nuestros derechos de autor. Para ello recomiendo los servicios de SAFE Creative, registro de la propiedad intelectual que ofrece varios servicios, gratuitos y de pago, y ajustados a la normativa legal.

SAFE Creative

Se supone que podemos escribir en cualquier situación, digamos que cuando nos pilla la inspiración. Sin embargo, las herramientas de escritor apoyan el talento, impulsan la creatividad y la protegen. ¿Cuáles son las tuyas? ¿Te animas a compartir tu experiencia?


Imagen destacada: Todd Quackenbush

4 comentarios en “6 reflexiones para entender tus herramientas de escritor

  1. Hola Ness. Yo recuerdo cuando empecé a escribir mi novela “Louise”. Lo hacía en una mesita minúscula dentro de una habitación casi tan grande como la mesa, Me la alquilaba una señora que estaba (digámoslo de manera políticamente correcta) como un cencerro. Recuerdo que cuando ella intuía que estaba escribiendo, venía y me aporreaba la puerta aunque fueran las tres de la mañana. Me tenía (con permiso) acojonado. Era como si odiara que escribiera, que sacara lo que llevara dentro y quedara en aquellas páginas. Quizá quiso ser escritora de joven y por alguna razón lo dejo pasar. El caso es que por una parte me costaba mucho concentrarme para escribir, imaginando su silueta torpe con sus rulos demoníacos por el pasillo acercándose a la puerta de mi habitación para soltar toda su furia. Pero a la vez fueron momentos tan duros que ello me empujó a empezar la novela si o si. Sin embargo, al principio como impulso estuvo bien, pero si que llego un día que me di cuenta que necesitaba un lugar íntimo y personal para hacerlo. Ahora escribo plácidamente en el escritorio de mi estudio en pleno corazón de Barcelona y el único que toca mi puerta soy yo para entrar y salir. Todo un placer…
    Me ha gustado mucho visualizarte escribiendo en esa cocina que describes pasada la media noche. Esos momentos de tú contigo.

  2. Qué placer leer esto de otros escritores y sentir que me han pasado cosas similares a lo largo de mi vida… Gracias por compartirlo..

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