Mostrar no explicar y las emociones del lector

Narrar, según la RAE, es “contar, referir lo sucedido, o un hecho o una historia ficticios”, definición en cuya esencia reside la palabra acción. Sin embargo, lo habitual es que cuando comenzamos a escribir, en lugar de narrar, nos inclinemos hacia explicar la historia. El problema de mostrar los personajes y la historia mediante la acción, es que implica resignarnos a que el lector no interprete lo mismo que nosotros pretendemos transmitir. Las diferencias entre mostrar y explicar son tan sustanciales, que la lectura de nuestra historia puede convertirse en una vivencia cargada de respuestas emocionales por parte del lector, o en un acto pasivo donde su papel se reduce a leer las emociones que describe el escritor. Pero, de la teoría a la práctica hay un camino con curvas y contracurvas que hay que recorrer a la velocidad adecuada.

Mostrar no explicar: El camino a recorrer

Lo primero es asumir que lograr que el lector interprete (y experimente) al pie de la letra nuestra historia es complicado, sobre todo si ya estamos decididos a dejar de llenarla de “emociones de segunda mano”, esas que provienen explicar y reflexionar acerca de todo lo que piensa y siente cada personaje. Aunque derrapemos en muchas curvas, hay que intentar y volver a intentar hasta conseguir que cada escena sea VI-SI-BLE a través de una sucesión de hechos y elementos concretos.
Lograr que el lector interprete (y experimente) al pie de la letra nuestra historia, es complicado Clic para tuitear
Lo segundo es leer como escritor, analizando uno a uno los engranajes del motor que mueve cada escena. Así lee un escritor, siendo un detective en cada página. A propósito de eso, estoy releyendo La ciudad y los perros, y ahora me viene a la memoria la parte donde Mario Vargas Llosa nos muestra la inmensa pena de Alberto, el poeta, por la muerte de su amigo Arana, el Esclavo. No hay ni una reflexión, ni siquiera las palabras pena o tristeza o sinónimos de ellas; solo personajes actuando. Sin embargo, experimenté la pena de Alberto. Consejo: No atéis los personajes a vuestra silla, dejadlos salir a escena.
Lo tercero es comprender, en toda su extensión e intención, la frase de Flannery O’Connor:
«El escritor de ficciones debe comprender que no se puede provocar compasión con compasión, emoción con emoción, pensamientos con el pensamiento. Debe transmitir todas estas cosas, sí, pero provistas de un cuerpo: el escritor debe crear un mundo con peso y espacialidad.» (El arte del cuento)
Es decir, si no creamos un mundo que invada los cinco sentidos del lector, fracasaremos en el afán de tocar su intimidad emocional.

Pero ¿cómo funcionan las emociones en un texto literario?

En el Diccionario de Neurociencia, de Mora y Sanguinetti (2004), se define emoción como «una reacción conductual y subjetiva producida por una información proveniente del mundo externo o interno (memoria) del individuo. Se acompaña de fenómenos neurovegetativos. El sistema límbico es parte importante del cerebro relacionado con la elaboración de las conductas emocionales»[i]
De esta definición, a los escritores nos interesan dos aspectos: que una emoción es una reacción a un Néstor Belda │ Escritura creativa: Mostrar no explicarestímulo externo, y que se acompaña de fenómenos neurovegetativos (sudor, temblores, llanto, etc.). Solo existe un modo de percibir los estímulos externos y los signos del estado emocional, y es a través de los sentidos: vista, oído, gusto, tacto, olfato. No voy a explicar aquí las teorías psicológicas, pero puedo ofrecer un par de ejemplos bastante gráficos.
Si hablamos de una emoción básica como el miedo, que funciona como mecanismo automático de defensa (sin el miedo moriríamos al cruzar la primera calle), esta se activa ante la presencia de algo que pone en riesgo nuestra integridad (Cariño, me parece que hay alguien en la casa. He ESCUCHADO un ruido). También el asco nos impide comernos un entrecot que VEMOS que está en descomposición. Del mismo modo, la tristeza funciona como periodo de adaptación a una nueva realidad, y tiene sus propias manifestaciones externas, como por ejemplo, el llanto o la disminución de la actividad (hablar poco, como Alberto, el poeta).
Como ya he mencionado en la entrada «Escribir desde la fragilidad del oficio» (Link), el escritor no cuenta con los olores, sonidos o sabores reales, pero cuenta con la palabras precisas que estimularán, a través de su memoria, los «sentidos mentales» del lector, mediante la técnica show, don’t tell.
La intensidad emocional de una historia nace de la propia acción que desarrollan personajes, a los cuales el escritor hábil dota de una humanidad palpable a través de la gestualidad, de las actitudes, el tono de voz y sus propias palabras (y todo esto, además, forma parte de su construcción). Los escritores, entonces, contamos con dos componentes de las emociones perfectamente escenificables: los estímulos externos y las señales o gestos que las acompañan. Dentro de la trama, estos componentes funcionan como motores causales de cada una de las acciones de los personajes y, por otro lado, como estímulo para activar memoria o experiencia emocional del lector.
En resumen, para contar una historia bien contada, de esas quedan grabadas en la intimidad emocional del lector, incluso después de que cierra el libro, importan más los sentidos del lector que las explicaciones del escritor.

[i] Francisco Mora, ¿Qué son las emociones?, en ¿Cómo educar las emociones? La inteligencia emocional en la infancia y la adolescencia, Esplugues de Llobregat (Barcelona), Hospital Sant Joan de Déu, 2012, pág. 14.

Imagen destacada: hieu le

Comentar