Inquietudes literarias, las huellas de un buen escritor

Escribí mi primera frase con intencionalidad literaria en el año 1976, luego de leer «El milagro secreto», de Jorge Luis Borges. Sin embargo, hasta que conocí a don Américo Cali, en 1978, no supe que una cosa es redactar muy bien y otra muy distinta es escribir literariamente. Poco a poco fui descubriendo que para contar bien una historia, era necesario algo más que palabras. Aunque don Américo falleció a los tres años de haberlo conocido, fueron suficientes para iluminar el camino de las técnicas narrativas.

¿Cuáles son tus inquietudes literarias?

Muchas veces me han preguntado para qué las técnicas narrativas, si cada cual tiene su propio estilo. Suelo responder con otra pregunta: ¿Cuáles son tus inquietudes literarias? Los grandes autores, aquellos cuyas obras han trascendido todos los umbrales, no solo el de las ventas, tenían suyas. No hace falta más que leer Cartas a Colet para entender las de Gustave Flaubert, o rastrear las entrevistas a Lispector, Hemingway, Borges, Vargas Llosa, Alice Munro, García Márquez, Bolaño…

Dicho de otro modo, las inquietudes literarias son las huellas que el buen escritor quiere imprimir en el lector, y las técnicas son las herramientas que contribuyen a que esa inquietud –que nace de su ser y da forma a su estilo–, se convierta en una historia bien contada. Cuando leo, sobre todo a los noveles, tardo muy poco en advertir si estoy frente autor mediocre, correcto o un buen escritor. Hay rasgos como el manejo de las coordenadas temporales, la funcionalidad de las descripciones, la verosimilitud, la construcción de los personajes, el ritmo, la visibilidad, es decir, en cuáles momentos el escritor prefiere mostrar y en cuáles explicar…, que hacen que la obra trascienda las palabras y sea una vivencia para el lector.

Vivo en un pueblo pequeño de la costa mediterránea donde hay varias panaderías, dos de las cuales están una enfrente de la otra. El asunto es que en ambas venden unos minicruasanes que, puestos uno al lado de otro, son exactamente iguales. Pero no saben igual. De hecho, mi familia siempre me recuerda que compre «los de la Moni». Es realmente curioso. Ambos pasteleros utilizan los mismos ingredientes –quien se los provee es un conocido– y la misma o similar maquinaria, pero tienen distinto sabor. Incluso, crujen diferente. Entonces, ¿dónde está la diferencia? Con toda seguridad, variará la forma de mezclar los ingredientes, el modo de amasar, cómo dejan leudar la masa, el tiempo y la temperatura del horneado, la experiencia… La diferencia está en la técnica.

¿Por qué habría de ser diferente en la escritura? La materia prima –las palabras– son las mismas para todos los escritores. De hecho, todas están almacenadas dentro de un diccionario, el mismo de donde salieron las obras de los grandes autores. La diferencia entre un buen escritor y otro solo correcto, incluso mediocre, radica en la absorción  de las técnicas y la forma de aplicarlas a su propio estilo. Ello no quita que algunos escritores, con un talento innato para las letras, no necesiten más que palabras para ser sublimes. Pero de esos aparecen uno o dos por siglo, si aparecen.


Imagen destacada: Brian Mann, Unplash.

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