En 2016, además de los habituales, otros once autores han confiado en mí para la corrección literaria de sus novelas. Con los escritores que ya conozco, no hay problema. Sin embargo, con los que me contratan por primera vez me enfrento a un desafío: Llevar adelante la corrección literaria sin diluir el estilo del autor. Esto implica que debo analizar y reflexionar profundamente cada frase, cada párrafo.

No se trata de entrar a saco con cada texto. El corrector literario debe comprender que el lenguaje es flexible, y que la gramática, para un escritor, más que una norma es una herramienta de trabajo que debe estar al servicio de la obra, jamás a la inversa. También soy escritor, y cada vez que corrijo una obra ajena me encuentro, inconscientemente, con mi diablillo interior que me dice «yo no lo hubiera escrito así». Un corrector literario lúcido y experimentado comprende que no se trata de dejar la obra «como a mí me gusta», sino de ajustarla para que el texto fluya con el propio estilo del autor.

Corrección literaria: ajustar la obra para que el texto fluya con el propio estilo de su autor Clic para tuitear

Al margen de ello, no podemos obviar los autores noveles en los cuales es evidente que aún no han encontrado su propia voz. Si ya es complicado afrontar una corrección literaria manteniendo vivo el estilo del autor, ¿qué hacemos cuando no hay un estilo identificable? La experiencia me ha enseñado que el único camino es ensalzar las virtudes de la obra y hacer un esfuerzo por salvaguardar los pocos rasgos propios que identifiquemos.

El mayor problema es que, como escribió Gardner Botsford, «los malos escritores hablan del inviolable ritmo de su prosa». Cuando me llega un trabajo cuyo autor hace honor a la frase de Botsford, no queda más alternativa que mirar solamente la ortografía y la gramática. Me he topado con textos en el que aparecía «bella y preciosa flor blanca» (por poner un ejemplo) y cuando le he sugerido al autor que quite uno de los adjetivos, me ha respondido: «es mi estilo, a mí me gusta así». Pues, vale. 

Lo que no es estilo del autor

Entonces, qué no es estilo del autor

Si hay algo que nos preocupa a los escritores es encontrar nuestra propia voz o, lo que es lo mismo, alcanzar un estilo tan propio que sea inconfundible. La búsqueda del estilo propio… vaya si se ha escrito sobre este asunto. Tanto que, a estas alturas, ya no debería ser tan complicado. ¿Verdad? Pero lo es.

La búsqueda del estilo literario propio… vaya si se ha escrito sobre este asunto. Clic para tuitear

Gabriella Campbell, en su artículo «Deja de buscar tu voz (y otras maneras de escribir con personalidad)», además de analizar qué es eso de encontrar tu propia voz, explica cuatro «maneras indirectas de acelerar tu encontronazo mágico con esa voz de la que tanto hablan». Lo bueno es que, como Gabriella misma lo explica, no son fórmulas mágicas. No existen.

Las que yo te voy a dar tampoco son fórmulas mágicas, y son complementarias y/o combinables con las de Gabriella.

Buscar tu propia voz, como dice el refrán, quizá sea como buscar una aguja en un pajar. ¿Cómo buscaría yo una aguja en un pajar? Pues, primero, y poco a poco, quitaría la paja con mucho, muchísimo cuidado, y luego buscaría la aguja. Entonces, haremos eso, identificar la paja, es decir, lo que no es estilo del autor, limpiar y a ver qué encontramos.

Además de determinados estilos, como el retórico, el formal y el asertivo, hay otros aspectos que, claramente, hay que evitar porque no pertenecen al estilo del autor, o como mínimo lo eclipsan. Muchos provienen de la escasez de experiencia y lecturas, otros de la carencia de vocabulario y conocimientos lingüísticos (gramática, ortografía, recursos literarios), y otra parte es la propia de la ignorancia de las técnicas narrativas.

Vamos a ver solo algunos de esos ripios que no pertenecen al estilo del autor. Solo algunos porque, a decir verdad, se podría escribir un libro.

Pobreza de vocabulario y la precisión

Pongamos por casos «bella y preciosa flor blanca» o «Julia necesitaba hablar con Ramón de un tema importante y trascendental». Eso no es «mi estilo literario», como asegurarían algunos autores, sino una señal inequívoca de pobreza léxica. Otra cosa hubiese sido «bella y orgullosa flor blanca», el matiz es distinto, a pesar de los adjetivos antepuestos. Y si el tema era tan importante y trascendental, quizá el adjetivo que mejor represente la idea sea urgente. Es más, en honor a la concisión, de lo cual hablo en «La concisión es «inmanente» a la narrativa», podríamos hasta extirpar el adjetivo y dejar la frase en «A Julia le urgía hablar con Ramón» y la trascendencia e importancia del tema es inmanente a la frase, surge del verbo.

Una muestra más de lo que no es estilo del autor es el uso de perífrasis verbales innecesarias e indeseables. «Esta novela es un bodrio. Ya verás, si la empiezas a leer, no vas a poder acabarla no podrás acabarla». No sonrías, son más habituales de lo que crees. Lo único que demuestran es que el autor no tiene ni puñetera idea de las conjugaciones verbales y, menos aún, de cómo usarlas.

Las famosas frases hechas

Las frases hechas quedan monísimas, dan ese aire de naturalidad y son tan simpáticas como pegajosas y grasientas. Eso sí, son muy representativas. Incluso perfectas si los personajes las usan en algún que otro diálogo. Sin embargo, aparte de ser un recurso facilón, no son parte de «mi estilo», sino del «estilo de otro», del que la escribió/dijo por primera vez. No sé cuántas obras he leído en las cuales, para destacar que el personaje tiene alguna habilidad especial, utilizan la fórmula «como si no hubiese hecho otra cosa en su vida».

Frases hechas: No son parte de «tu estilo», sino del que la escribió/dijo por primera vez Clic para tuitear

El abuso de los adjetivos

Los adjetivos no están prohibidos, ¿vale? Pero son como el beicon, está muy bueno, pero no hay que abusar, que es muy grasiento.

Pensemos en el «Príncipe de la Adjetivación», me refiero a Jorge Luis Borges, pero también pensemos en cuál adjetivo quitaríamos de la descripción que hace de Carlos Argentino en «El Aleph». Todos, sin excepción, están cargados de significación. Eso sí es estilo del autor.

Si bien no hay ninguna norma que limite la cantidad de adjetivos por sustantivo, con lo cual, en principio no sería materia de corrección, a nivel literario significa que el autor tiene problemas de precisión léxica, y con mayor razón si hablamos de los adjetivos inexpresivos, esos que van muy bien con una paella valenciana, con una nave intergaláctica o con un amanecer en el mar. Me refiero a los maravillosos, espléndidos, espectaculares [sigue tú, que por haber, hay para hacer mermelada].

Si el sustantivo es el adecuado, fortachón, no necesita adjetivos. Aún así, puede ocurrir que no exista un sustantivo que condense la idea con la precisión necesaria, que sea un pelín anémico, o que, simplemente, no te satisfaga. Entonces, le buscamos un adjetivo musculoso y se lo agregamos. Por supuesto, dos adjetivos es mejor que tres, y uno es mejor que dos. 

«Poner muchos adjetivos» pareciera que queda bonito y que es cosa muy literaria, pero si no agrega información significativa (como en Borges), entones es bisutería barata, floritura que produce textos recargados. Eso tampoco es estilo del autor.

Impericias técnicas

Las técnicas narrativas, al contrario de lo que muchos piensan y expresan abiertamente (a pesar de que las ignoran), no perjudican el estilo del autor, pero tampoco son las claves para construirlo. Solo son herramientas para contar historias bien contadas. Para que se entienda mejor, hacer una buena paella valenciana de pollo y conejo requiere de unas técnicas básicas, y luego está el estilo de cada cocinero.  Algunos doran más la carne; otros le agregan equis ramitas de romero, otros menos; unos usan más fuego que otros, y un abanico de diferencias sutiles pero decisivas. Lo fundamental es que para el sabor de tu paella sea «tu sabor incomparable», primero tienes que saber hacer paella.

Entonces, ¿cómo vamos a pretender encontrar nuestro propio estilo si ni siquiera sabemos contar historias bien contadas? Bueno, sí, hay una posibilidad: que admitamos que nuestro estilo personal sea «tipo redacción de escuela secundaria».

Si al desconocimiento de las técnicas narrativas y de la gramática le sumamos pobreza de vocabulario, calcula el resultado… ¿Qué estilo literario vamos a buscar en esas condiciones? Si es que esa manzana se cae de madura.

¿Cómo vamos a encontrar nuestro propio estilo si no sabemos contar historias bien contadas? Clic para tuitear

Hay que quitar toda la paja impropia de la escritura literaria y descubrir, como escribió Truman Capote en el prefacio de Música para camaleones, «la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz.» Me encanta esa frase. Yo lo digo de otra manera: Versos hay muchos, algunos son poesía.

La intertextualidad en tu propia voz

En «6 reflexiones para entender tus herramientas de escritor» cuento una anécdota de hace casi cuatro décadas:

Cuando tenía dieciséis años, presenté a Don Américo Calí, mi maestro y mentor, mi cuento El cuchillo de plata, muy pulido al mejor estilo borgiano. Me miró y me dijo: «Muy bien. Excelente cuento. Ahora, escríbelo tú».

Eso se llama plagio creativo que, aunque suene feo, casi de código penal, no hay que dramatizar: es un proceso  natural por el cual pasamos todos los escritores. Pero hay que ser conscientes de que esas voces admiradas que echan raíces en nuestras obras no son «mi estilo literario». Incluso a Murakami se le coló Salinger en Tokio blues. Si nuestras lecturas son intensas, tanto en cantidad y como en variedad, los rasgos estilísticos ajenos se irán difuminando. Al fin y al cabo, como explico en «Cuatro postulados sobre la intertextualidad narrativa», ,  cada escritor es todos los escritores que ha leído, más sus propias experiencias; escribir es también iluminar el camino de otros escritores; todo escritor es deudor de los escritores que admira.

La evolución de un escritor se construye con pasión, aprendizaje, experiencia y honestidad. No conozco otro camino, y nadie me ha demostrado lo contrario.

Bonus Track

Imagina que ganas el premio Nobel, el Cervantes o el Nadal, y, en la rueda de prensa, el periodista novato de turno va y te pregunta qué es ser escritor. ¿Qué responderías?

¿Que es ser escritor? Ana González Duque

Pues, esa pregunta la hizo Ana González Duque en un artículo de su blog Marketing online para escritores, y para ello recurrió a la opinión de varios autores. El artículo es muy valioso en cuanto a su contenido, pero la reflexión a la cual nos impulsa lo eleva a la categoría de joya de la blogosfera.

En un tuit (que no encuentro) le escribí que primero habría que averiguar qué es Literatura, a sabiendas de que sería la pescadilla que se muerde la cola (vaya, una frase hecha). El problema es la titulitis, es ese mal que afecta a todos los profesionales que son profesionales pero como no poseen un título universitario o similar que lo acredite, no son reconocidos como profesionales. En Argentina cualquiera es fontanero, porque, a diferencia de España, no es necesario un certificado que lo acredite.

Tenemos una ecuación con dos incógnitas: Qué es ser escritor y qué es Literatura. Intentemos despejar una para que, si seguimos sin tener una respuesta contundente,  al menos tengamos una sola incógnita.

En su artículo, Ana se pregunta: ¿Entonces todo aquel que escribe con intención de transmitir algo es escritor? Buena pregunta, que me lleva a deducir que nos estamos refiriendo a qué es ser escritor de literatura. Mi esposa escribe artículos para su blog, para revistas y otros medios de difusión, pero ni es ni se siente escritora.

Para mí, la definición más razonable de escritor es: Persona que escribe con la intención de hacer Literatura. Por simplificar, dejémoslo en «Persona que escribe Literatura». Ahora solo nos resta definir qué es Literatura, sin entrar en si buena o mala, solo Literatura.

Como dice el escritor Víctor Moreno, «lo cierto es que ningún sabio ha dado con una definición de Literatura […] que calme los ánimos críticos de los analistas». No la hay, y las que existen, no satisfacen a todos.

Yo tengo para que Literatura, sin importar el género, «es el ‘arte’ de construir metáforas de la realidad mediante el lenguaje» y, por tanto, el «escritor es un ‘artista’ que construye metáforas de la realidad mediante el lenguaje». Esa es la definición que, después de cuarenta años, más o menos me satisface.

Por supuesto, es muy opinable, pero me da igual. Yo escribo, intento producir literatura, y si mañana alguien acierta con una definición de escritor y Literatura que conforme a todo el mundo, yo seguiré escribiendo e intentando producir literatura.


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