Escribir desde la fragilidad del oficio

Treinta o cuarenta años atrás, publicar un libro era un hecho relevante, pero ahora es solo un trámite y, si es en papel, algo de dinero. Hace unos meses estuve en la presentación de la novela de una escritora amiga, la periodista Mónica Mira Garcés (Link). En ese acto, Mónica dijo que ella solo había escrito una novela y que eso no era importante. Lo dijo en otro contexto y por otras razones. Lo cierto es que yo he escrito un libro, pero es uno más de los 79.000 que se publicarán en 2014 (basándome en las cifras del 2013, según el Instituto Nacional de Estadísticas). Esa cantidad no incluye los libros digitales, que fácilmente se pueden publicar en plataformas como Amazon, y con los cuales estimo que podríamos hablar de unos 120.000 títulos, o más. La verdad es que escribir un libro y publicarlo, actualmente, es muy sencillo, a pesar de que escribir literariamente no lo es. Y yo me pregunto, ¿cuántos autores tienen el sentimiento de la fragilidad del oficio de escritor que tengo yo?

Escribir un libro y publicarlo, actualmente, es muy sencillo, pero escribir literariamente no lo es. Clic para tuitear
Néstor Belda │ Escritura Creativa: Escribir desde la fragilidad del oficio
Imagen de OSIRIS PRIEGO

Todas las artes tienen un objetivo

Todas las artes tienen un objetivo: la emoción humana. De hecho, un lector no cerrará el libro mientras la lectura le transmita emociones, tal como lo explica Mónica Jurado en Crónicas Literarias:

«Pero esta es una de las maravillas de los libros: hacerte SENTIR (eso que me gusta tanto que me haga un libro), y con estas historias he sentido pena, tristeza, rabia, dolor, alegría, esperanza

Un lector no cerrará el libro mientras la lectura le transmita emociones. Clic para tuitear

Pero ocurre que todas las artes cuentan con alguno de los sentidos físicos, el oído, la vista, el olfato, sentidos que son la puerta de entrada a las emociones de quien la contempla. Los pintores cuentan con el sentido de la vista, con los colores e, incluso, con las texturas y las dimensiones. El músico, con el oído del oyente. El director de cine y los actores, con el oído, la vista e, incluso, con la estimulación visual del sentido del olfato y el gusto. El teatro cuenta con el decorado, con los artistas, con los distintos tonos de voz, la iluminación. Uno ve una hamburguesa en el cine y reproduce sabores y olores. Pero el escritor solo tiene… palabras.

Solo palabras. Un elemento cotidiano. Usamos las palabras para comprar el pan; las vemos en la ducha, en el envase del champú; en la calle, señalizando el tránsito o en anuncios de diversa índole; en el supermercado; en la prensa; en la televisión. Estamos rodeados de palabras. Las leemos, las escuchamos, las escribimos, las pronunciamos. Es más, todos, unos mejor que otros, nos arreglamos con las palabras. Todos sabemos leer y escribir. En cualquier diccionario tenemos a nuestra disposición las mismas palabras que usaron Hemingway, Gabriel García Márquez, Borges… Los escritores no tenemos colores, ni sonidos, ni sabores, ni olores. Tenemos la palabra azul, pero no tenemos el color azul. Y podemos combinar palabras, por ejemplo, «se escuchaba el murmullo de arroyo», pero, así todo, no tenemos ni el sonido ni la visión del arroyo. Los escritores somos artistas indigentes. Solo tenemos palabras y con ellas debemos estimular los «sentidos mentales» del lector y fabricarle una vivencia que llegue a su intimidad emocional. Esa es la fragilidad del escritor. Esa es la fragilidad e indigencia que siento cuando me dispongo a escribir. Solo con palabras tengo que fabricar una experiencia emocional para el lector. ¿Por qué? Porque lo que perdurará en su memoria no son las palabras, sino la experiencia emocional.

Lo que perdurará en la memoria del lector no son las palabras, sino la experiencia emocional. Clic para tuitear

Recordando a Clarice Lispector (Link), para el escritor que comprende la esencia del arte de la escritura, la palabra es solo una carnada para atrapar al lector, para que el acto de lectura quede en un segundísimo plano y se convierta en una experiencia viva. Allí radica, creo yo, la esencia de la escritura literaria: Construir para el lector una vivencia emocional que jamás pueda olvidar. Una vivencia que eche fuera las palabras. Es un juego del lenguaje donde las palabras escritas no están destinadas a ser leídas, sino a ser vividas; ni siquiera están destinadas a habitar en los libros, sino en la intimidad emocional del lector.

En literatura, las palabras escritas no están destinadas a ser leídas, sino a ser vividas Clic para tuitear

Llevo treinta y ocho años sintiendo esa fragilidad cada vez que me siento a escribir. Más precisamente desde los catorce, cuando leí por primera vez un cuento de Borges. Y si me he decidido a publicar, además del empeño puesto por amigos escritores que me han alentado, es porque siento que, aunque sea con una sola de las historias de «Todas son buenas chicas», quizá consiga que cada uno de vosotros os separéis del mundo por un tiempo ―el tiempo de la lectura―, y viváis en otros escenarios, en otras vidas.

Todas son buenas chicas

¿Qué os vais a encontrar en Todas son buenas chicas? Hay una frase de Hemingway, que es una de las respuestas que dio en una entrevista para el The Paris Review en 1958, y que tengo presente cada vez que me siento a escribir:

«Lea usted cualquier cosa que yo escriba por el placer de leerla. Todo lo demás que usted encuentre será la medida de lo que usted mismo aportó a la lectura».

Eso es lo que encontraréis: diez relatos en los cuales he puesto todo el empeño en conseguir que la propia lectura sea placentera. Luego, en otro plano, están las historias que narro. En ese aspecto, solo me limito a contar los hechos, sin entrar en valoraciones ni interpretaciones personales. Esa parte la deberá aportar el lector, y dependerá de su propia experiencia vital. Como mencionó la periodista Txaro Cárdenas en la reseña para la revista MoonMagazine, la única licencia valorativa que me permito es el título. Todo lo que vosotros veáis en cada cuento, es lo que le aportáis con vuestra perspectiva, con vuestra forma de ser y estar en este mundo, que es única e irrepetible. Como dijo Joseph Conrad: «El autor sólo escribe la mitad del libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector». Eso es lo que he intentado, y vosotros diréis si lo he logrado.

Tengo una anécdota genial con una lectora que me dijo que, en el primer cuento, el amor de la pareja protagonista era infinito. Lo curioso es que no hay en el cuento ni una sola referencia explícita a ello, ni un beso, ni un abrazo, ni un te quiero. Pero ella lo percibió así, y no voy a contradecirla.

Lo que sí puedo prometerles, es que he hecho todos los esfuerzos por escribirlos literariamente, por fabricarles una vivencia que llegue a vuestras emociones. No he construido los relatos en base a palabras bonitas que «parecen» emocionantes o que «suenan» a emoción. Por el contrario, están construidas en torno a detalles cotidianos, tan cotidianos que ya no les prestamos atención, como si no existieran, como si los hubiese devorado la rutina, como esa fotografía que todos tenemos en un portarretratos en casa, que ha perdido ante nuestros ojos su significado para ser un simple elemento decorativo pero que, cuando nos detenemos y fruncimos un poco el ceño, la redescubrimos, nos alegramos, añoramos o nos entristecemos.

Antonia María Carrascal, la escritora que escribió el prólogo, me define como minimalista, por esos detalles que parecen pequeños, insignificantes. Veréis muchos de esos elementos cotidianos en estos relatos. Los reconoceréis, y entenderéis, por ejemplo, cómo una simple revista de buzoneo puede significar hastío, o cómo, desde un escaparate de una carnicería de barrio, se puede estar marginando a los pobres.

Con esa fragilidad que siento al hilvanar palabras, y habiendo hecho todos los esfuerzos por escribir literariamente, he publicado este libro, Todas son buenas chicas, con el cual espero hacer honor a estos versos del poeta asturiano Ángel González:

Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
¿Por qué lloras, si todo
en el libro es de mentira?
Y él le respondió:
Lo sé;
pero lo que siento es de verdad.

Imagen destacada: Harman Abiwardani

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