Construir personajes literarios

Si algo me ha enseñado este impulso de querer contar historias es a respirar, contemplar y luego escribir. Pero no de cualquier modo:

Respirar para tener conciencia de que ser escritor no nos hace ajenos a la vida.

Contemplar es percibir y escudriñar nuestro entorno.

Escribir es construir la metáfora de aquello que nos inquieta.

Qué cursi, ¿no? Eso parece. Pero no lo es.

Cuando algunos de mis alumnos o exalumnos me escriben para decirme que están bloqueados, yo les digo:

«Vete a un bar, o a dar un paseo, con los ojos y los oídos bien abiertos, y respira la vida, contémplala y luego vuelve a tu mesa y escribe sobre lo que has visto. Míralo todo con sentimiento de extranjería, como si todo fuese extraño, nuevo. Pregúntate qué significa y construye la metáfora.»

Aunque lo he dicho y escrito muchísimas veces, vuelve a ser oportuno repetir aquello de que la literatura es una metáfora de la realidad. Esa realidad no está en el papel en blanco, sino en la vida que luego el escritor lleva al papel convertida en una historia realista, de ciencia ficción, de género negro, etc. La construcción de la metáfora.

Contempla todo como si fuese extraño, pregúntate qué significa y construye la metáfora. Clic para tuitear

Del mismo modo, las herramientas para construir personajes literarios están en la vida misma, delante de nuestros ojos.

Las herramientas para construir personajes literarios

Aquí va MI fórmula [el «MI» significa que a mí me sirve, asegurar que es una receta infalible sería un acto de soberbia]:

RESPIRAR + CONTEMPLAR + ESCRIBIR

Reflexionemos, ¿cómo conocemos a las personas en la vida esa que hay fuera de nuestra mesa de escritura? Allí, en la realidad cotidiana, están las herramientas básicas para construir personajes literarios:

1. Lo que dicen.
2. La apariencia/aspecto.
3. Lo que hacen.
4. Lo que piensan.
5. Lo que otros dicen de él, como ocurre con Percival, el séptimo personaje de Las olas, de Virginia Woolf.

¿Cómo conocemos a las personas en la vida esa que hay fuera de nuestra mesa de escritura? Clic para tuitear

Ya sé lo que estás pensando: «Ness, que no te enteras, que no somos omniscientes, que en la vida real nunca sabemos lo que piensa la gente, a lo sumo podemos intuirlo». Vale, pero esa es la gran ventaja de la literatura: Podemos entrar en el pensamiento de los personajes con más facilidad y gracia que en las películas o las obras de teatro. Y, vamos, que técnicas narrativas para hacerlo con elegancia literaria hay cantidad necesaria como para hacer mermelada.

Las dos formas de construir personajes literarios

Ya tenemos las herramientas, que son e-xac-ta-men-te las mismas que las de la vida real, quitando, por supuesto, la inexpugnable imposibilidad de la omnisciencia. Ahora, ¿cómo usamos esas herramientas?

1. Describiendo/Explicando.
2. Mostrando.

Cuando el narrador es externo, describir o explicar las características de un personaje debería reservarse para los de menor relevancia.

Cuando la descripción/explicación un personaje la realiza otro —aunque no sea el narrador—, siempre tendrá rasgos subjetivos, lo cual pondrá en entredicho la fiabilidad. No obstante, ello da lugar a contrastes muy interesantes. Por ejemplo: Juan dice que Pedro es más malo que la peste bubónica, pero resulta que luego nos enteramos de que este tal Pedro es el chaval que, en la secundaria, le había «soplado» la novia súper guapa e inteligente. En definitiva, intentando describir a Pedro, Juan también se ha autorretratado.

Si se trata de una novela con puntos de vistas múltiples, estos juegos suelen causar efectos insospechados, como en los juicios. Para sentenciar que el malo es realmente malo, el juez (para nosotros el lector) tiene que analizar muchos testimonios, pero lo mejor es [de]mostrarlo con pruebas concretas.

Los lectores quieren personajes que se levanten de la página y para eso hay que MOSTRAR. Si escribes «Lucy es una chica generosa», más te vale que empieces a echarle «músculos, piel y huesos» a Lucy extirpando esa frase [in]visible y construyendo una escena en la el lector la vea a ella y a sus actos de generosidad. Y si lo que quieres es que Lucy parezca una chica confiable, piensa en tu propia vida: ¿Cuándo decidimos que podemos confiar en una persona (aunque a veces nos equivocamos)? Pues, ya está. Solo tienes que contemplar. Lógicamente, luego hay que saber escribirlo, pero para eso están las técnicas narrativas.

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¿Huir de los estereotipos?

Hace unos días leí en Internet un relato de género negro. La verdad es que estaba muy bien escrito, y la historia que contaba y el fondo eran sustanciosos. Pero fallaba el protagonista, el detective. Excesivamente estereotipado. Le faltaba humanidad y le sobraban tópicos. Una pena.

Seguro que ya tienes grabado a fuego aquello de que nada de estereotipos y, entonces, te enrollas y desenrollas los sesos buscando «EL» personaje, ese que nunca ha sido visto o escrito. Nada de chico guapo, con Ferrari, yate de noventa metros y helicóptero. Nada de detective duro, infalible, implacable. Nada de estereotipos. Perdón. ¿Nada de estereotipos? ¿Seguro, segurísimo?

Pues, aunque cueste creerlo, los estereotipos son como una mina: Si sabes escarbar, excavar, hurgar, puedes encontrar oro. Son muy útiles si conseguimos romper ese cascarón que lo estereotipa y dejamos a la intemperie lo que hay detrás. En resumen, los estereotipos están allí para romperlos.

Hace años, cuando trabajaba como agente comercial, leí Cómo ganar amigos e influenciar en las personas, de Dale Carnagie. En el capítulo I de la Primera Parte, narra lo ocurrido a Dos pistolas Crowley —el asesino que no bebía ni fumaba— el 17 de mayo de 1937. Luego de un asedio en el que intervinieron más de ciento cincuenta agentes de policías, Dos pistolas fue herido y capturado, pero dejó una carta dirigida «A quien corresponda» en la cual había escrito esto:

«Tengo bajo la ropa un corazón fatigado, un corazón bueno: un corazón que a nadie haría daño.»

Aunque el jefe de Policía Mulrooney declaró que el famoso delincuente era uno de los criminales más peligrosos de Nueva york, capaz de matar por cualquier motivo, el estereotipo ya estaba roto.

Ahora estoy leyendo Narragoniem, de Chema Sánchez Alcón. Es una novela de género negro en el cual cuenta la historia de un político del régimen franquista «sin nombre» (el autor declara que deja esa tarea al lector), dotado del poder y la impunidad suficientes para ser un torturador sin escrúpulos. La historia arranca con un estereotipo marcadísimo en la conciencia colectiva, pero va escarbando, hurgando en busca de la esencia de una pregunta: ¿Nacemos malos? ¿Cuál es ese momento en que nos pasamos al lado oscuro? Al final, hace trizas el estereotipo, pero sin restarle ni un ápice de monstruosidad, ni justificar sus fechorías.

Al parecer, el tema de los estereotipos sufre el mismo acoso que los adjetivos. No, no y no a los estereotipos. Pero, como ves, el  no, no y no es a que un personaje empiece y termine su vida literaria sin haber roto el estereotipo.

El problema es que un personaje empiece y termine su vida literaria sin haber roto el estereotipo. Clic para tuitear

Construir personajes literarios increíbles requiere un poco más que esos 5, 7 o 10 secretos para hacerlos inolvidables que proliferan en Internet. Si con esos magics tips pudiésemos convertirnos en escritores, qué fácil sería.

Y de facilidades y dificultades, justamente, va el bonus track de hoy.

Bonus track

Hoy por partida doble.
Construir personajes literariosPor un lado, me ha encantado «Vamos a pasar hambre; vivir de escribir», uno de los últimos post de Jaume Vicent Bernat, administrador del blog Excentrya. Es un artículo muy intimista, quizás el más
intimista que he leído de Jaume, en el cual habla del escritor quemado y toca también el tema de creerse escritor. Este último asunto, el de creerse escritor, tiene mucho que ver con el bonus track de mi anterior artículo, dedicado a  «Los escritores y el mentor literario», de Piper Valca. La esencia es la misma: Muchos escriben, algunos son escritores. Versos hay muchos, algunos son poesía.

Muchos escriben, algunos son escritores. Versos hay muchos, algunos son poesía. Clic para tuitear

Pero lo interesante del artículo es el aspecto referido al escritor quemado. La red está superpoblada por el famoso tópico de que hay que escribir todos los días «X» cantidad de palabras e, incluso, en un determinado horario. Bien, no lo discuto, es más, recomiendo a mis seguidores y procuro para mí mismo escribir todos los días un poco para mantener «calentito el brazo literario», aunque sea «al margen de un proyecto». Pero hay que separar las aguas. Una cosa es hacerlo porque te apetece y otra porque pareciera que es una ley inapelable para ser escritor. Si seguimos a rajatabla esa ley, ¿qué pasa si nos «quemamos», como dice Jaume? Como escribí en el comentario que dejé en su blog, si tengo ganas, escribo y si no, no me preocupo. No tengo ni horarios ni cantidad de palabras por día ni nada que se convierta en rutina y dinamite mi motivación. Hace tiempo que lo tengo claro.

Lenguaje corporal - Construir el personaje literarioEl segundo artículo que os traigo en este bonus track no viene del mundillo literario, pero es muy útil para los escritores y es muy útil para construir personajes literarios. Se trata de «Todo lo que deberías saber sobre el lenguaje corporal», de Pau Navarro en el blog Habilidad Social. ¿Qué por qué? Pues, cómo decirlo. ¿No habéis notado que los personajes solo enarcan las cejas, fruncen el ceño o asienten/niegan con la cabeza? Pues, por eso este artículo: el lenguaje corporal es muy, pero que muy amplio.


Imagen destacada: Mr Cup / Fabien Barral

Referencias bibliográficas

—Carnagie, Dale, Como ganar amigos e influir sobre las personas, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 122º edición, junio de 2000, pag. 31-32.

—Sánchez Alcón, Chema, Narragoniem, Ediciones Atlantis, Madrid, octubre 2016.

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