Cómo escribí “Una buena chica”

Las historias suelen perseguirme bastante tiempo antes de transformarse en relatos. Solo cuando se convierten en evidencias tan insoportables que no me dejan ni de noche ni día, las escribo. Es como un estado de preñez literaria. Ahora mismo tengo una en la cabeza, pero todavía no sé, con certeza, por qué ese hombre mayor va en ese tren de alta velocidad, enciende un puro y discute con la revisora sobre la interpretación semiótica del cartel de prohibido fumar. Pero, poco a poco, se va desvelando el misterio (a base de interrogar al anciano, que aún ni nombre tiene), y ya presiento la inquietud de mi lápiz y mi libreta. Los haré esperar un poco más.

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Quisiera poder confesar que soy capaz de escribir historias sin parar, pero la verdad es que me gustaría ser más prolífico. No sé si algún año habré escrito más de seis u ocho cuentos, y que nunca están acabados en la primera escritura. Supongo que la novela que he empezado hace unas semanas estará lista en dos o tres años.

Con sección «Cómo escribí…», abro un ciclo de post con una doble intención: por un lado, compartir el proceso de creación de cada uno de los relatos que conforman «Todas son buenas chicas» y, por el otro, intentar transmitir la utilidad práctica de las técnicas narrativas. Vamos con el primero.

Una buena chica

Una buena chicaEste relato lo escribí, por primera vez, en 2011. El tema surgió de dos conversaciones escuchadas a personas diferentes, en fechas, bares y pueblos diferentes. No sé por qué, pero encontré una conexión entre ambas. Mi cerebro es así de raro, y yo no le pregunto, no sea que me la líe.
La primera versión se titulaba «La rosa de Jericó», y resultó ser bastante más corta que la final. La primera versión de una historia siempre raquítica, hija de la escritura automática, pero que había que espesar el argumento, como dijo Patricia Highsmith. Lo dejé archivado en la carpeta de pendientes, como uno de esos textos escritos por el vicio de escribir todos los días un poco, digamos que por mantener la mano caliente, pero con la intuición de que algo prometía. Sin embargo, me olvidé de él.
El año pasado, sin saber aún que en 2014 publicaría (ni siquiera entraba en mis planes), haciendo orden en mis carpetas del Dropbox, vi el archivo y lo abrí. Una de las ventajas de rescatar textos antiguos es que se establece una distancia emocional lo suficientemente grande como para mirarlo casi como a un desconocido y, entonces, es más sencillo analizarlo con objetividad.
Primer fallo: el narrador. Ese relato necesitaba establecer cierta cercanía conmigo mismo (y con el lector). ¿Narrador protagonista? ¿A ver? Puede ser. Lo reescribí desde el punto de vista de ella, la protagonista, pero cuando estaba en el clímax, a las puertas del desenlace, me di cuenta de que tendría que volver al narrador en tercera persona, pero mantener la cercanía del protagonista. La solución más adecuada me pareció el monólogo interior. Luego, en los alrededores del desenlace, introduje un cambio de narrador. El resto fue reforzar la espacialidad, tanto para espesar el argumento como para situar la historia en un contexto que me identifique, tanto por su cotidianeidad como por su simbolismo.
Desde que rescaté el relato, hasta convertirlo en la historia que abre Todas son buenas chicas, pasaron, aproximadamente, cuatro semanas. Algunos se sorprenderán de que para un cuento invierta tanto tiempo, pero yo ocupo muchas, pero muchísimas más horas en las revisiones que en la escritura. No es una virtud. Tampoco un defecto. Cuando pienso en ello, se viene a mi mente Flaubert. No porque yo me compare con él (ya quisiera yo…), sino porque siento que para producir un texto decente también tengo que esforzarme mucho más que otros escritores.

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