Golpes de efecto en las atribuciones de los diálogos

Cuando Plinio Apuleyo Mendoza, en El olor de la guayaba, le preguntó que por qué le daba tan poca importancia a los diálogos, Gabriel García Márquez dijo: «Porque el diálogo en lengua castellana resulta falso». Alejo Carpentier, en Entrevistas (1985), opinó lo siguiente: «Para mí el diálogo, tal como podemos hallarlo en cualquier novela realista, es casi siempre artificial y ampuloso», y agregó que los diálogos novelísticos le horrorizaban porque no correspondían a ninguna realidad.

Como digo en este artículo, algunos de los consejos de escritores son verdades literarias universales (si es que existen), pero la mayoría son verdades personales, fruto de la experiencia o perspectiva del autor. Así que, con todo lo que admiro a Gabo y a don Alejo, en un acto de respetuoso atrevimiento, voy a decirles a estos próceres literarios que esas serán sus perspectivas. La literatura es, en definitiva, una representación cuya condición es la credibilidad, aunque vaya de orcos y de cuatrocientos siete elefantes voladores. Un diálogo debe parecerse a los que escuchamos en un bar, es verdad, pero nunca será real, y si está bien elaborado, el lector creerá en él del mismo modo que yo he creído en Frankenstein. (más…)

Las rayas y la puntuación de los diálogos

Para contar una historia existen solo dos discursos: el del narrador y el del personaje. Es decir, o habla el narrador o hablan los personajes. No hay más. Con el narrador, el autor informa los acontecimientos, construye un marco de referencia (escenarios, coordenadas temporales, acciones, etc.), procedimiento cuya mayor complicación es la de componer un relato visible que se proyecte en la mente del lector como si fuese una película. Con el segundo discurso, el del personaje, es más sencillo que el lector participe y se ponga en situación; pero, para dotarlo de naturalidad y verosimilitud, el procedimiento es mucho más complicado.

«[…] o se cuenta directamente, como autor -el procedimiento más difícil-, o se los pone en boca de tal personaje, muchísimo más fácil, pero mucho más engorroso». (Joseph Conrad, A Personal Remembrance, Ford Madox Ford, 1924)

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La mirada objetiva del corrector literario

Gardner Botsford fue, durante 40 años, editor de la revista The New Yorker. En su libro Life of Privilege. Mostly expone algunas reglas generales de edición, fruto de sus años de experiencia. En la nº 2, dice:

«Los buenos escritores se apoyan en los editores; no se les ocurriría publicar algo que nadie ha leído. Los malos escritores hablan del inviolable ritmo de su prosa».

No es que Botsford hubiera escrito un concepto que yo ignorase, e intuyo que todos los que se dedican a la edición, también lo saben.

En «Cada escritor lo es a su manera», digo que la evolución de un escritor se construye con pasión, aprendizaje, experiencia y honestidad, y que pasión significa esfuerzo y humildad. De algún modo, mi concepto recorre la frase del editor de The New Yorker, de la primera hasta la última letra. (más…)

Inquietudes literarias, las huellas de un buen escritor

Escribí mi primera frase con intencionalidad literaria en el año 1976, luego de leer «El milagro secreto», de Jorge Luis Borges. Sin embargo, hasta que conocí a don Américo Cali, en 1978, no supe que una cosa es redactar muy bien y otra muy distinta es escribir literariamente. Poco a poco fui descubriendo que para contar bien una historia, era necesario algo más que palabras. Aunque don Américo falleció a los tres años de haberlo conocido, fueron suficientes para iluminar el camino de las técnicas narrativas. (más…)